Basilea I es el primero de los tres conjuntos de regulaciones bancarias internacionales conocidos como los Acuerdos de Basilea. Su objetivo principal fue establecer un estándar global para la cantidad mínima de capital que los bancos deben mantener en reserva para garantizar que puedan cumplir con sus obligaciones financieras. Al establecer estos requisitos, el marco buscaba mejorar la seguridad y la estabilidad general del sistema bancario internacional.
Para implementar estas reglas, Basilea I introdujo un sistema que clasifica los activos de un banco en categorías de riesgo específicas. A estas categorías se les asignan ponderaciones de riesgo que van del 0 al 150 por ciento, dependiendo de la naturaleza del deudor. Por ejemplo, activos como el efectivo o la deuda pública suelen colocarse en la categoría de riesgo del 0 por ciento, mientras que a los préstamos más arriesgados se les asignan porcentajes más altos. Los bancos deben mantener reservas de capital proporcionales al nivel de riesgo de sus activos totales.
Aunque Basilea I fue fundamental para crear un marco de mitigación de riesgos, ha enfrentado críticas por obstaculizar potencialmente la actividad bancaria y limitar el capital disponible para préstamos. A pesar de estas críticas, el acuerdo sigue siendo un legado significativo en la regulación financiera. Sentó las bases para actualizaciones posteriores, incluidos Basilea II y Basilea III, que refinaron aún más los requisitos de capital para abordar los desafíos económicos cambiantes y las lecciones aprendidas de las crisis financieras globales.