Un derivado es un contrato financiero complejo entre dos o más partes cuyo valor se determina a partir de un activo subyacente, un grupo de activos o un índice de referencia. Estos instrumentos no poseen un valor intrínseco por sí mismos; en cambio, su valor se deriva totalmente de las fluctuaciones de precio del activo asociado, como acciones, bonos, materias primas o divisas.
Estos contratos funcionan permitiendo a los inversores obtener exposición a los movimientos del mercado sin necesidad de poseer el activo subyacente real. Dado que muchos derivados utilizan apalancamiento, los operadores pueden controlar una posición considerable con una cantidad de capital relativamente pequeña. Estos instrumentos pueden negociarse en bolsas públicas o mediante acuerdos extrabursátiles (OTC), y los tipos más comunes incluyen futuros, contratos a plazo (forwards), opciones y swaps.
Por ejemplo, un especulador que crea que el euro aumentará de valor frente al dólar podría comprar un derivado que gane valor a medida que el euro sube. Si bien esto permite obtener beneficios potenciales de los cambios de precio, también introduce riesgos significativos. Los inversores deben enfrentarse al riesgo de contraparte, a la volatilidad inherente al apalancamiento y al hecho de que el sentimiento del mercado puede hacer que el precio de un derivado fluctúe independientemente del activo subyacente.