Un depósito de valor es un activo, mercancía o moneda que puede ahorrarse, recuperarse e intercambiarse en el futuro sin sufrir una pérdida significativa de valor. Para calificar como tal, un elemento debe mantener su poder adquisitivo a lo largo del tiempo, asegurando que lo que se adquiere hoy siga siendo valioso o se revalorice en el futuro.
Estos activos funcionan resistiendo el deterioro o la depreciación rápida. Si bien el valor de mercado de cualquier activo puede fluctuar, se espera que un depósito de valor fiable conserve cierto valor en casi cualquier escenario. Esta estabilidad suele estar vinculada a una oferta limitada o a un nivel de demanda constante, lo que permite a las personas y a las economías participar en el comercio y en la planificación financiera a largo plazo.
Por ejemplo, el oro y otros metales preciosos son depósitos de valor clásicos porque poseen una vida útil perpetua y son ampliamente reconocidos. Por el contrario, los bienes perecederos como la leche son malos depósitos de valor porque se descomponen rápidamente. Los inversores también utilizan activos que devengan intereses, como los bonos gubernamentales, que preservan el capital al tiempo que generan ingresos con el paso del tiempo.