Una cartera de beta cero es una colección de inversiones diseñada para no tener riesgo sistemático, lo que resulta en una beta de cero. Debido a que está construida para evitar la sensibilidad a las fluctuaciones más amplias del mercado, la cartera no mantiene correlación con los movimientos del mercado. En consecuencia, el rendimiento esperado de dicha cartera suele alinearse con la tasa de rendimiento libre de riesgo en lugar de los rendimientos más altos asociados con los activos volátiles vinculados al mercado.
Para lograr esto, los inversores seleccionan cuidadosamente una combinación de activos cuyas betas individuales se compensan entre sí. Al combinar inversiones con diferentes sensibilidades a los índices de mercado, la beta promedio ponderada de toda la cartera se neutraliza. Si bien esta estrategia elimina eficazmente el riesgo sistemático, no elimina los riesgos específicos de los activos individuales, como los problemas de rendimiento específicos de la empresa o las recesiones relacionadas con el sector.
Por ejemplo, un inversor podría combinar acciones de gran capitalización con otros instrumentos, como contratos de futuros o materias primas que tienen valores beta negativos. Si una parte de la cartera tiene una beta positiva, el inversor añade activos con una beta negativa para equilibrar el total. El resultado final es una cartera que permanece estable incluso cuando el índice de mercado más amplio experimenta una volatilidad significativa, proporcionando una posición defensiva para los inversores con aversión al riesgo.